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jueves, 31 de julio de 2014

La gran sala

Una reflexión sobre el Hospital del Niño de La Paz

Escogimos el color de nuestros mandiles, entre azul o rosado. El pelo amarrado, el gorro, el barbijo, las manos limpias. Entramos a la gran sala que, dividida en secciones, alberga a varios de los niños y niñas a quienes conoceremos a lo largo de estos tres meses. Ya nos habían contado sobre las escenas que allí presenciaríamos, pero nada realmente se asienta en la mente hasta que uno no lo ve por sí mismo.

Me entra un cierto nerviosismo por no saber cómo interactuar en estas situaciones, y es que, tratar con niños siempre ha sido mi debilidad. Representa un reto más grande sabiendo que ellos padecen de cáncer.

Entramos al cuarto de Paul. Mi compañera Debbie, quien ya ha venido antes, rápidamente le ofrece colores y dibujos para poder pintar. Paul sonríe y la reconoce. Repitiendo la acción me dirijo a otro cuarto con Keya, voluntaria de este cohort. Visitamos a Yamil. Le han extraído 7 dientes esta mañana. Su madre nos cuenta “es difícil estar aquí, mire la hora que es y recién estamos almorzando”. Mi reloj marca las 5 pm. Yamil está sentado en la camilla. Les cuento que Keya ha venido desde Inglaterra y que sabe hablar inglés, quizás podría enseñarle algunas palabras a Yamil. Él nos observa callado y con seriedad. “¿Qué te gustaría aprender a decir en inglés Yamil?”. No responde, no sabe que decir. Su madre lo impulsa “Pregúntale como se saluda a la mami, hijito”. Keya nos irrumpe y le dice “Hello mommy”. Yamil la mira callado. “Es fácil Yamil, a ver repite: JELOU MAMI”, digo yo. Yamil repite y sonríe. Su expresión tiene un efecto indescriptible en mí. El solo hecho de hacerlo sonreír ha sido gratificante.



Es nuestra segunda visita al hospital. Hay nuevas caras. Paul ya no está. Esta vez conversamos con Joselyn, de 15 años. El pelo corto, la mano derecha hinchada. Joanna no habla español, pero de alguna manera ha logrado que Joselyn escriba varias palabras en inglés en uno de los cuadernos  que le hemos traído. Observo la interacción entre ambas, parece que sin hablar un mismo idioma, se han entendido muy bien. En el cuarto contiguo, Budz está dando gelatina a una niña de 13 años que parece tener muchos menos. Se sonríen mutuamente.

Voy a ver una vez más a Yamil, quien no se acuerda de mí. Esta echado en la cama y le cuesta respirar. Rebekah me acompaña y le ofrecemos colores y dibujos para pintar. Rebekah observa que Yamil tiene un reproductor de DVD y le pregunta qué películas le gustan, quizás la próxima visita ella podría traerle muchas de Disney. Estoy ayudando a traducirles. Yamil no sonríe hoy, parece que estuviese muy cansado, pero asiente a las sugerencias de Rebekah. Los dejo solos. Observo, sin embargo, en el cuarto del costado, una escena que se impregna en mi memoria. Una niña de 3 años, sin cabello, y con el rostro en llanto, grita y patalea porque no quiere que le pongan una aguja más en el brazo, fuera del catéter que lleva en el pecho. El Doctor y su madre, batallan por mantenerla quieta, pero ella se resiste.


El cáncer también se atreve a atacar a nuestros niños. En muchos casos quiere quitarles el aliento y la infancia. Siento que soy afortunada de poder entrar a ver esta realidad. Afortunada de poder hablar con niños y niñas que son héroes de su propio ser. Más valientes que cualquiera de nosotros. El voluntariado te permite ayudar y entregar sin esperar nada a cambio. Pero qué honra es recibir una de esas sonrisas. 

Escrito por Eugenia Robles.

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